La inteligencia artificial ya no solo está cambiando la forma de trabajar. Ahora también amenaza con transformar uno de los pilares de la sociedad moderna: la universidad.

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Así lo plantea el investigador Nils Gilman, quien sostiene que el modelo de educación superior construido durante la segunda mitad del siglo XX ha comenzado a agotarse frente al avance de herramientas como ChatGPT, Claude o Gemini. Según su análisis, la llegada de estos sistemas obliga a replantear desde las tareas académicas hasta el papel que desempeñan los profesores.

Durante décadas, las universidades combinaron múltiples funciones: generar investigación, formar profesionales, otorgar títulos y promover el pensamiento crítico. Este modelo, conocido como la "multiversidad", fue descrito en 1963 por el expresidente de la Universidad de California Clark Kerr como una institución capaz de responder a las necesidades de una sociedad cada vez más compleja.

Sin embargo, Gilman sostiene que ese equilibrio empieza a romperse. La razón es sencilla: muchas de las actividades que durante años sirvieron para evaluar el aprendizaje ahora pueden ser realizadas en pocos minutos por una inteligencia artificial.

Redactar ensayos, elaborar argumentos o resumir información ya no son tareas exclusivamente humanas. Esto obliga a preguntarse qué valor conserva el modelo tradicional de enseñanza y, sobre todo, qué significa realmente aprender en la era de la IA.

El especialista considera que la crisis no comenzó con la inteligencia artificial. Desde hace décadas las universidades enfrentan problemas derivados del aumento de los costos, la reducción del financiamiento público, el endeudamiento estudiantil y una creciente orientación hacia la formación profesional en detrimento de una educación más integral. La IA, sostiene, simplemente aceleró un proceso que ya estaba en marcha.

Más pensamiento crítico y menos memorización

Lejos de proponer que las universidades desaparezcan, Gilman plantea una profunda transformación. En lugar de centrarse en trabajos escritos que la inteligencia artificial puede producir con facilidad, propone que las instituciones prioricen evaluaciones en vivo, debates, exposiciones orales, resolución de problemas y proyectos colaborativos que permitan demostrar cómo razona una persona y no únicamente el resultado final.

En este nuevo escenario, el profesor dejaría de ser un transmisor de información para convertirse en un guía capaz de acompañar a los estudiantes en el desarrollo de habilidades que la inteligencia artificial todavía no puede reemplazar.

Entre ellas destaca el pensamiento crítico, el juicio ético, la creatividad, la capacidad para formular preguntas relevantes, interpretar contextos complejos, tomar decisiones y construir relaciones de confianza.

El investigador también defiende un renovado protagonismo de disciplinas como la filosofía, la historia, la literatura y las humanidades, áreas que ayudan a desarrollar criterio propio y comprensión del mundo, capacidades que serán cada vez más valiosas en una economía impulsada por la inteligencia artificial.

Ya no se trata de competir con la inteligencia artificial

En lugar de competir con la IA, afirma, las universidades deberían enseñar a utilizarla de forma responsable. Aprender a formular instrucciones precisas, verificar la información generada y comprender sus limitaciones será una competencia tan importante como escribir o investigar.

Gilman advierte que la transformación no será sencilla. Requerirá modificar los métodos de evaluación, rediseñar los programas de estudio y cambiar los incentivos para el profesorado, tradicionalmente enfocados en la investigación más que en la enseñanza.

Pese a los desafíos, considera que la educación superior tiene una oportunidad histórica para reinventarse. Si logra adaptarse, podrá recuperar su misión esencial: formar personas capaces de pensar por sí mismas en un mundo donde la información estará disponible al instante, pero el criterio para utilizarla seguirá siendo un valor exclusivamente humano.