Durante más de un año luchó contra el dolor. Resistió operaciones, terapias y noches interminables conectada a sondas y respiradores. Sin embargo, las heridas que dejó la masacre en la gallera La Fortaleza terminaron apagando la vida de una joven madre en Santo Domingo, dejando nuevamente en el abandono emocional a tres niños que ya habían perdido a su padre.

La mujer falleció la tarde del martes 30 de junio, luego de permanecer un mes internada en el hospital Gustavo Domínguez. Su salud se deterioró progresivamente debido a graves complicaciones pulmonares y renales derivadas del ataque armado que sufrió en abril de 2025, en una gallera ubicada en la provincia de Manabí pero en los límites entre El Carmen y Puerto Limón.

Familiares contaron que, desde aquella noche, nunca volvió a caminar. Permaneció cuadripléjica y dependía completamente de quienes la rodeaban para sobrevivir. Aun así, seguía consciente de todo lo que ocurría a su alrededor.

"Ese dolor nunca se le quitó", recordó María Cueva, concuñada de la víctima. "Por más pastillas que tomaba, no se calmaba. Solo sufría".

La masacre destruyó a toda una familia

La tragedia comenzó la noche del 17 de abril de 2025. Cerca de las 23:39, hombres armados vestidos con prendas similares a uniformes militares irrumpieron en la gallera La Fortaleza, ubicada en los límites entre Santo Domingo y El Carmen, muy cerca de la parroquia Puerto Limón, de donde es esta familia.

Los atacantes llegaron en varias camionetas y dispararon contra quienes asistían al evento. El saldo fue devastador: once personas asesinadas y nueve heridas, el día del hecho, pero las víctimas fueron aumentando.

Según reportes policiales y testimonios recogidos en el lugar, el ataque habría ocurrido en medio de disputas entre organizaciones criminales que operan en la Costa ecuatoriana. Las investigaciones preliminares señalaron una confrontación entre grupos vinculados a Los Lobos y Los Choneros.

Aquella noche, Vicente Palacios, de 37 años junto a su esposa, Patricia Zurita, acudieron al sitio junto a sus hijos. "Solo querían ver los gallos", dijo entonces una familiar al recordar que no pertenecían al mundo criminal ni participaban en apuestas.

El esposo de la mujer murió durante el traslado al hospital. Ella recibió un disparo en el cuello que comprometió su médula espinal y la dejó inmovilizada de por vida.

Un año de sufrimiento y esperanza

Tras el ataque armado, la mujer fue trasladada inicialmente a una clínica privada y luego al hospital Gustavo Domínguez, donde pasó largos periodos internada. Luego, la llevaron a su casa.  Sus familiares se turnaban diariamente para cuidarla. La tía, el hermano y la concuñada asumieron la responsabilidad mientras intentaban sostener también a los tres menores de edad.

"El hijo mayor prácticamente se hizo cargo de la mamá", contó María Cueva. "La ayudaba a moverla, a darle vuelta y hasta a cambiarla".

El niño tiene apenas 12 años. Sus hermanos tienen 9 y 7 años. Ahora los tres quedaron huérfanos.

Durante meses, la familia organizó rifas, actividades y pedidos solidarios para costear tratamientos, medicinas y rehabilitación. Sin embargo, el estado de salud nunca mejoró.

Los médicos ya habían detectado daños severos en uno de sus riñones y pulmones. Con el tiempo, ambos órganos dejaron de responder. Además, la mujer sufrió constantes infecciones derivadas de su condición física.

Hace un mes tuvieron que internarla nuevamente. "Ya no respiraba sola", recordó su familiar. "Le hicieron una tráquea porque sus pulmones prácticamente dejaron de funcionar".

El dolor en Santo Domingo quedó marcado en tres niños

Pese a la gravedad de su estado, la mujer permaneció consciente durante gran parte del proceso. Hablaba, escuchaba y reconocía a quienes la visitaban.

En la fecha de la masacre, durante aproximadamente un mes luego del trágico hecho que dejó más de una decena de fallecidos,  Paty como le decían de cariño no supo que su esposo había muerto en la masacre. Sus familiares decidieron esperar para contarle la verdad mientras intentaba estabilizarse emocionalmente.

"Ella pensaba que él estaba hospitalizado", relató María Cueva. "Después de un mes le contamos".

La noticia la golpeó profundamente. Sin embargo, continuó luchando por sus hijos, aunque el dolor físico nunca desapareció.

Sus allegados aseguran que vivía medicada constantemente. Aun así, cualquier movimiento le provocaba sufrimiento extremo.

"Ella ya no tenía una vida tranquila", expresó su familiar entre lágrimas.

Anoche, el cuerpo fue trasladado desde el Centro Forense de Santo Domingo hasta la comuna Vicente Rocafuerte en Puerto Limón, el sitio donde es velada por familiares y vecinos. Mientras tanto, los niños enfrentan otra despedida demasiado grande para su edad.

Cuando recibieron la noticia, reaccionaron con una serenidad que estremeció a los adultos.

"Tal vez ya está descansando", dijeron. En la velación, el padre de Paty evidentemente consternado prendía constantemente las velas que estaban frente al ataud, el dolor de perder a su hija es indescriptible.

Santo Domingo sigue golpeado por la violencia criminal

La masacre de la gallera La Fortaleza reflejó el nivel de violencia que golpea a provincias como Manabí y Santo Domingo. Según jurisdicciones el hecho ocurrió en la provincia de Manabí pero por cercanía, muchas familias de la provincia Tsáchila fueron golpeadas aquella noche.

Las autoridades atribuyen gran parte de estos crímenes a disputas entre bandas vinculadas al narcotráfico. La ubicación estratégica de zonas rurales entre Manabí y Santo Domingo ha intensificado la presencia de estructuras criminales armadas.

Sin embargo, detrás de cada estadística quedan historias humanas difíciles de reparar. Familias enteras arrastran secuelas emocionales, económicas y psicológicas mucho después de los disparos.

En Puerto Limón, el miedo todavía permanece. También el recuerdo de aquella noche que destruyó la vida de una madre, de un padre, acabó con una familia y dejó a tres niños aprendiendo demasiado pronto lo que significa sobrevivir al dolor.