Luis Meza recuerda con claridad el día en que entró a una iglesia equivocada y, sin saberlo, encontró el camino que terminaría marcando su vida.
Había salido de su casa en Manta para asistir a una misa por el aniversario de fallecimiento de su abuela. La ceremonia era en La Merced, pero él terminó en La Dolorosa. Tenía 19 años y ninguna intención artística. Solo se quedó porque, pensó, "la misa igual sirve aquí". Lo que ocurrió después cambió todo.
Una chica del grupo juvenil lo invitó a participar en las actividades de la iglesia. A la semana siguiente ya estaba ensayando danza folclórica . Así comenzó una historia hecha de movimientos, cemento, barro, hierro y mucha intuición.
Hoy, a sus 45 años, Luis trabaja bajo el sol de Jaramijó en una escultura religiosa dedicada a los pescadores. Sus manos, endurecidas por años de modelar materiales pesados, se mueven con la misma paciencia con la que antes aprendió pasos de baile.
Nació en Bahía de Caráquez, pero llegó a Manta cuando apenas tenía seis años. Sus padres vivían entre Bahía y Manta por el trabajo. Su padre comerciaba pescado y encontró en Manta un lugar de oportunidades en plena época de bonanza pesquera. Con el tiempo toda la familia se radicó allí.
El bailarín que terminó moldeando esculturas
Luis creció entre el ruido del puerto y el olor salado del mar, un paisaje que más tarde terminaría apareciendo en sus esculturas. Pero antes del arte plástico estuvo la danza. Durante años formó parte de grupos culturales. En ese mundo descubrió otra necesidad: crear escenografías.
"No había recursos", recuerda. Entonces empezó a fabricar sus propios elementos para las presentaciones. Pintaba, diseñaba comparsas y construía alegorías de manera completamente autodidacta. Aprendió observando, equivocándose y volviendo a empezar. Así nació el escultor.
Primero trabajó con papel y materiales efímeros, especialmente en los tradicionales monigotes de fin de año. Luego llegaron el barro, la fibra de vidrio, la resina y finalmente el ferrocemento, el material con el que hoy más se identifica.
"Con el barro modelas, pero después vienen muchos procesos. En cambio, el cemento y el hierro te permiten ir dando forma y dejarla fija", explica mientras señala la estructura del Cristo que construye en Jaramijó.
En Manta, dice, los escultores son pocos. Por eso su oficio ha sido también una batalla silenciosa contra la falta de espacios y formación artística. Cuando apareció la carrera de Artes Plásticas en la universidad Eloy Alfaro, decidió estudiar algunos semestres, aunque tuvo que dejarla temporalmente por trabajo.
Allí quedó una de sus obras más representativas: "La pesca ancestral", una escultura que muestra a un pescador mirando fijamente a una albacora, símbolo persistente de la identidad manabita.
Un Cristo para los hombres del mar
Pero Luis no vive únicamente de las esculturas. Cuando no hay encargos, diseña, dibuja y pinta óleos. También fabrica escenografías y utilería para grupos de teatro y danza de Manta. Ha colaborado con montajes culturales y óperas locales, construyendo desde máscaras hasta estructuras completas para escena.
Ahora enfrenta uno de sus proyectos más ambiciosos: el "Cristo Guía" o "Cristo de los Pescadores", una obra impulsada junto a la familia Bailón, en Jaramijó. La escultura busca representar al Cristo que acompaña y protege a los hombres de mar.
La pieza será inaugurada para el Día del Pescador, a finales de junio. Está hecha de cemento reforzado con hierro y tratada con químicos especiales para resistir la corrosión salina del ambiente costero.
Mientras trabaja, Luis parece pensar siempre en el mar. Tal vez porque toda su vida ha girado alrededor de él: el pescado de su padre, el puerto de Manta, los pescadores, las comparsas populares y ahora este Cristo levantándose frente al horizonte.
