El silencio de la misa se rompía con un sonido que todos aprendieron a temer. Primero era el golpeteo de las herraduras sobre el piso. Después, la figura de un hombre montado en un caballo de paso cruzando lentamente la puerta principal de la iglesia San Cayetano de Chone. Nadie rezaba ya. Nadie cantaba. Los fieles giraban la cabeza mientras el sacerdote interrumpía el sermón desde el púlpito.

El jinete avanzaba sin prisa hasta quedar frente al altar mayor. Entonces desenfundaba el revólver. Cinco disparos retumbaban bajo el techo de tejas. Las mujeres corrían despavoridas, los niños lloraban y la misa terminaba en cuestión de segundos. Aquel hombre se llamaba Antonio Álvarez.

Su historia permanece viva en la memoria de los habitantes más antiguos de Río Grande, donde todavía se habla de él como si en cualquier momento pudiera volver a escucharse el trote de su caballo por las calles de Chone.

Los Álvarez y su origen

Los Álvarez descendían, según la tradición familiar, de inmigrantes españoles. Eran conocidos por sus ojos claros, su piel blanca y un porte elegante que llamaba la atención en la zona. Pero Antonio se distinguía por otra razón. Quienes lo conocieron decían que había nacido con un carácter violento.

"Era malo por naturaleza", resume uno de los descendientes de la familia. Corría la década de 1950. Casi todos los domingos Antonio salía desde Río Grande rumbo a Chone para hacer las compras de la semana. Vestía como cualquier hacendado de la época, montaba un fino caballo de paso y llevaba siempre un revólver al cinto.

Su rutina era invariable. Recorría el mercado, dejaba las compras en una cantina, bebía varios tragos de aguardiente y luego cabalgaba directamente hacia la iglesia. Entraba sin desmontar. Nadie encontraba el valor para impedírselo.

En aquellos años el pueblo apenas contaba con un comisario y unos pocos policías rurales. Enfrentarse a un hombre de su fama era, para muchos, una sentencia de muerte. Durante meses, la escena se repitió domingo tras domingo. Los disparos terminaron convirtiéndose en parte del miedo cotidiano de Chone. Había familias que preferían no asistir a misa cuando se rumoraba que Antonio había lllegado desde Río Grande.

Los policías que llegaron a Chone

Finalmente, las autoridades decidieron intervenir. El comisario viajó hasta Portoviejo para solicitar refuerzos al gobernador. Días después llegó un contingente de policías rurales con la misión de capturarlo.  El primer domingo Antonio no apareció.

El segundo, cuando el operativo ya había sido reducido, volvió a escucharse el inconfundible trote de su caballo por la calle Bolívar.

Un oficial salió a su encuentro y sujetó las riendas.

—Hoy usted no entra.

Antonio acababa de beber aguardiente, como era su costumbre. Miró fijamente al uniformado.

—Suélteme el caballo. Nadie puede impedirme entrar a la iglesia.

El policía anunció que quedaba detenido. Luego, según el relato transmitido por generaciones, insultó a su madre. En aquella época, recuerdan los viejos del lugar, una ofensa así equivalía a un duelo.

Antonio le pidió que repitiera las palabras .El oficial lo hizo.La respuesta fue instantánea.

Sacó el revólver y le disparó directamente al rostro. El policía cayó muerto frente a la iglesia mientras sus compañeros, sorprendidos por la rapidez del ataque, retrocedían sin alcanzar a reaccionar. Fue la última vez que Antonio apareció en Chone.

Desde entonces se ocultó entre las haciendas cacaoteras de Río Grande. Los relatos aseguran que continuó sembrando el terror en los caminos rurales. Bastaba escuchar el galope de su caballo para que los jornaleros abandonaran el sendero y buscaran refugio entre los montes.

La violencia no había terminado

La tradición oral le atribuye varias muertes. Cuentan que detenía a los trabajadores, los humillaba por cualquier motivo y que una respuesta desafiante bastaba para que sacara el arma. Las denuncias terminaron por movilizar nuevamente a las autoridades.

Un informante reveló el lugar donde se escondía: una extensa hacienda cacaotera, en medio de la montaña. Allí había levantado una pequeña vivienda para mantenerse lejos del pueblo.

Esta vez la orden era distinta.No debían capturarlo.Debían acabar con él.

Los policías rodearon la finca y lograron sorprenderlo. Según los testimonios que sobreviven en la memoria de Río Grande, Antonio fue reducido, amarrado a un árbol y dado por muerto tras recibir varios disparos.

Sin embargo, cuando los uniformados abandonaron el lugar, algunos campesinos descubrieron que había conseguido soltarse y, gravemente herido, trató de arrastrarse hasta un estero para beber agua. No llegó muy lejos. Murió desangrado a la orilla del cauce.

Nadie sabe con certeza cuánto de esta historia pertenece a los hechos y cuánto ha sido moldeado por la memoria de quienes la repiten desde hace generaciones. Lo único indiscutible es que Antonio Álvarez sigue cabalgando en el imaginario de Chone.

Ya no entra armado a la iglesia ni hace temblar a los feligreses con cinco disparos al techo. Ahora galopa únicamente en los recuerdos de un pueblo donde las historias nunca terminan de morir.