El pitazo final cayó como un balde de agua fría. En cuestión de segundos, el amor incondicional del hincha por la selección de fútbol se transformó en decepción. Horas antes, la historia era distinta. La camiseta oficial, esa que cuesta 80 dólares, lucía orgullosa.

Durante la previa, los jugadores eran héroes. Algunos aficionados hasta les encendían velitas para que marcaran un gol o condujeran al equipo hacia la victoria. Pero el fútbol suele ser cruel con las expectativas. Cuando el resultado no acompaña, llegan las críticas, los reproches y los lamentos.

Sin embargo, el enojo dura menos que la pasión. Pasan los días, se acerca un nuevo partido y el mismo aficionado vuelve a enfundarse la camiseta. Porque el hincha puede renegar de su selección, pero nunca abandonarla. Su amor no termina con una derrota; apenas entra al vestuario para esperar el próximo milagro.

La vida sigue

Sonó el pitazo final. La selección perdió. En muchos hogares hubo silencio; en otros, insultos. Las redes estallaron. Parecía una tragedia. Pero, mientras el país discutía un gol, había personas que seguían con su vida. Preparaban la comida. Escuchaban música. No les importaba el marcador. Y no, no estaban vacías por dentro.

La psicología explica que cada persona dirige su atención hacia aquello que considera valioso. Algunos encuentran emoción en el fútbol. Otros la buscan en el cine, la tecnología, los viajes o en sus propios sueños. A mí sí me gusta el fútbol.

Disfruto un buen partido. Celebro un gol. Pero también me gustan quienes no hacen de este deporte una religión. Los que no pelean por una camiseta. Los que entienden que un resultado no define el día. Porque el partido termina en noventa minutos. La vida, en cambio, sigue jugando mucho después del pitazo final.

Tarjeta roja al machismo

El partido terminó, pero la polémica apenas comenzaba. El primer gol de Alemania frente a Ecuador dejó una jugada que sigue dividiendo opiniones. Para muchos, hubo una falta previa sobre Pedro Vite y ese tanto nunca debió subir al marcador. Es un debate legítimo. De eso se trata el fútbol: de analizar jugadas, interpretar el reglamento y cuestionar decisiones.

Sin embargo, en medio de esa discusión apareció un argumento que ya no hablaba de fútbol, sino de prejuicios. Un exárbitro FIFA ecuatoriano afirmó que las mujeres no deberían dirigir partidos de hombres y utilizó esa acción como prueba de que la FIFA se equivoca al designarlas.

El problema es que una cosa no tiene nada que ver con la otra. Si la árbitra se equivocó, se analiza el error. Punto. El fútbol está repleto de fallos arbitrales cometidos por hombres: penales inexistentes, goles mal convalidados, expulsiones injustas y decisiones que marcaron la historia de los Mundiales.

Jamás, por ello, alguien concluyó que los hombres no están capacitados para arbitrar. El verdadero debate no es si el gol de Alemania debió ser anulado. El verdadero problema es utilizar una jugada polémica para reforzar un viejo prejuicio.

Criticar una decisión arbitral es parte del juego; descalificar a una árbitra por el hecho de ser mujer no es un análisis técnico: es machismo. Y ese sí merece una tarjeta roja, sin discusión.

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La estadounidense Tori Penso dirigió el partido Ecuador- Alemania. - Agencias

¿Fracaso?

La pregunta sonó como una sentencia. Tras su eliminación como entrenador de un equipo del fútbol mexicano, un periodista miró a Fernando Gago y disparó una sola palabra: «¿Fracaso?». El técnico argentino no esquivó el golpe. Respondió con otra pregunta: «¿Qué es el fracaso?». Desde ese instante, la conferencia de prensa dejó de girar en torno a un partido y empezó a hablar de la vida.

Gago repasó su propia historia. Recordó las cinco lesiones que marcaron su carrera como futbolista, las finales de la Copa América, de la Copa Libertadores y del Mundial que perdió, además de una semifinal de la Champions League que también se le escapó.

Entonces dejó una reflexión que rompió con la lógica del resultado inmediato: «No nos quedemos solamente con que, si pierdes un partido, es un fracaso. Si fuera así, todos los equipos que quedaron eliminados fracasaron. No me considero un fracasado por haber perdido».

Quizá por eso la respuesta de Gago fue más allá del resultado. Recordó que una derrota puede doler, pero no alcanza para definir una vida.