La moneda gira en el aire. Una escena que se repite en cada estadio del mundo y que ha sobrevivido a una revolución de cambios que transformó para siempre al fútbol.
Desde que la Football Association redactó las primeras reglas, en 1863, el juego cambió una y otra vez. Llegaron el tiro penal, las tarjetas amarilla y roja, las sustituciones, la prohibición de que el arquero tomara con las manos un pase de un compañero y, más recientemente, el VAR y la tecnología de línea de gol.
Hoy incluso existen pausas de hidratación que interrumpen el juego en busca de mayor espectáculo y rentabilidad.
El fútbol moderno es más rápido, más tecnológico y más global. Sin embargo, cuando llega el momento de decidir quién saca o qué arco defender, todo sigue dependiendo de una moneda lanzada al cielo.
Cambiaron las reglas, los árbitros y el negocio. Cambió casi todo. Pero la moneda sigue allí, recordando que el fútbol solo puede comenzar de una manera: con todos teniendo las mismas posibilidades. Después, cuando el balón empieza a rodar, la igualdad queda atrás y comienza la historia que nadie puede predecir.
De espaldas al fútbol
El estadio ruge. Miles saltan de sus asientos y millones siguen cada jugada desde sus hogares o un bar. La pelota viaja de un área a otra y la tensión crece con cada ataque. Pero hay quienes viven el partido de espaldas al espectáculo. No ven el gol, no celebran la victoria ni sufren la derrota. Mientras todos miran la cancha, ellos observan las tribunas.
De pie, inmóviles durante largos minutos, los agentes de seguridad recorren con la vista cada sector del estadio. Su trabajo consiste en detectar cualquier señal de riesgo antes de que se convierta en un problema. La emoción del juego les está vedada. Las normas son estrictas: la atención debe estar puesta en el público y nunca en el partido.
No es una imagen nueva en el deporte. Su presencia se volvió indispensable tras una tragedia que cambió para siempre los protocolos de seguridad. En 1993, la tenista Mónica Seles, una de las grandes figuras de su generación, fue apuñalada por un espectador en pleno encuentro.
Desde entonces, ocupan la primera fila de un partido que no pueden mirar. Son los guardianes invisibles de la fiesta: los únicos que, para proteger el espectáculo, deben renunciar a disfrutarlo.
Odio y amor desde los escritores
Jorge Luis Borges detestaba el fútbol y llegó a decir que «es popular porque la estupidez es popular». Fernando Vallejo, en uno de sus libros, pone en boca de uno de sus personajes esta frase: «Cuando la humanidad se sienta en sus culos ante un televisor a ver a veintidós adultos infantiles dándole patadas a un balón, no hay esperanzas».
Sí, maestros, eso es todo lo que ustedes dicen. Pero el fútbol también relaja. Hace reír, abrazar, gritar, sufrir, querer y hasta maldecir. Es una excusa para compartir, emocionarse y sentirse vivo, aunque solo sea durante noventa minutos.
A la poeta alemana Dorothee Sölle le hicieron una pregunta:
—¿Cómo explicaría usted a un niño lo que es la felicidad?
Ella respondió:
—No se lo explicaría; le tiraría una pelota para que jugara.
Un personaje extraño
El aficionado al fútbol es un personaje extraño. Puede pasar de la gloria al drama en noventa minutos. Un domingo ríe, canta y abraza a desconocidos porque su equipo ganó; al siguiente, jura no volver a ver fútbol nunca más, aunque todos saben que miente.
Vive apasionado, discute con la televisión, culpa al árbitro y asegura que «nos robaron el partido». El fanático es un ciego feliz: su equipo jamás juega mal; siempre hay una excusa mejor. Pero detrás del humor también habita la tristeza, porque el fútbol acompaña soledades, cura dolores y también los provoca.
Hay derrotas que duelen como despedidas y victorias que iluminan semanas enteras. El hincha sufre, exagera, llora y vuelve. Porque en el fútbol encuentra algo más que un juego: encuentra una razón para sentir.
